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El negocio del futbol – Columna invitada –

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Por: Andy Hato / @AndyHato

Prestamos poca atención a las palabras. Ellas son nuestro vehículo, son las que hacen posible que un mensaje llegue a su destino. Si nos las tomamos a la ligera nuestros mensajes estarán condenados a dar tumbos hasta poder llegar a buen puerto. Con un ejemplo: no prestar atención a las palabras es como buscar ‘restaurantes’ en Google Maps y pretender que nos dé como resultado las indicaciones precisas a nuestro restaurante favorito en lugar de una lista variopinta de opciones entre las que hemos de elegir.

La mudanza de Monarcas Morelia a Mazatlán revivió con fuerza el viejo debate entre fútbol y negocio. Nos llaman románticos a los que defendemos el arraigo, el amor a los colores, el deporte. Responden con frialdad los pragmáticos: es un negocio, y quien no lo vea así se equivoca. Parece entonces que para unos fútbol y negocio son palabras que no se llevan bien, mientras para otros son casi intercambiables.

Lo que no puede negarse es que el fútbol es un deporte, una actividad física que se desarrolla en el marco de reglas que permiten determinar un ganador. El fútbol, nos guste o no, se enmarca en el campo del entretenimiento, es decir, de las actividades realizadas por puro placer. Esta es una necesidad humana que todos buscamos como parte del equilibrio indispensable entre alma y cuerpo. Esto tiene un nombre: ocio, espacio de tiempo libre donde lo que se realiza tiene por objeto el darnos una sensación placentera. El fútbol, quién lo duda, es una actividad lúdica propia del ocio.

El negocio, por definición, es precisamente lo que niega al ocio (nec otium). Así que la rivalidad entre quienes ven el deporte como lo fundamental y quienes piensan que no hay más que una actividad comercial, tiene una explicación en las palabras mismas: el fútbol es ocio y quien defiende el negocio está destinado a negarlo. Por eso no es de extrañar que el pragmatismo del mercader tienda a tomar decisiones que van en contra de lo que el romántico disfruta más de esa actividad deportiva. Uno busca rentabilidad, repudia el tiempo que no produce dividendos. Mientras que el otro está perdido en el disfrute de ese tiempo en el que es libre de buscar lo que más le gusta.

¿Cómo puede haber entonces una relación entre fútbol y negocio? Si lo pensamos desde este punto de vista, la necesidad humana de espacios de esparcimiento y ocio nos haría entender mejor la participación del dinero público en este espectáculo. Pero entonces aparecen los que más que espectáculo especulan para generar ganancias. El problema es que no pueden hacer negocio con el ocio porque, como ya vimos, su tendencia es ir en el sentido contrario.

Lo que sucede es que el fútbol no es un negocio, pero sí puede haber un negocio del fútbol. Esto quiere decir que hay un negocio que emana del fútbol, que surge de él. El ocio responde a una necesidad humana y genera pasión, compromiso, identidad. Buscamos por condición humana el esparcimiento, el placer en el tiempo libre. El negocio busca instalarse ahí, en un entorno adverso porque representa justo lo quiere negar. Por eso las fronteras son importantes.

Los estadios son una de las mejores imágenes para representar este negocio que emana del fútbol. Dentro de sus muros hay un espectáculo. Son templos del ocio. El negocio se queda en las puertas en donde, para pasar, hay que comprar un boleto. Lo que pase dentro es ya un espectáculo, ocio puro. El compromiso es que en la medida en que se paga por verlo ese dinero alimente el espectáculo para profesionalizarlo, para subir su calidad. Pero, como se puede ver aquí, el acuerdo es claro: el negocio es parafernalia, estructura adyacente que se monta en torno al deporte. Si quitas el deporte te queda un estadio vacío donde el negocio, cuasi parásito, muere también.

Lo mismo puede hacerse con cada área. Una playera multiplica su valor por una marca que representa la identidad y el arraigo que nacen de lo que el ocio permite. Una carrera deportiva hace crecer los salarios en la medida en que genera figuras públicas cuya voz hace eco en seguidores del deporte.

En pocas palabras, el negocio nunca verá al ocio con buenos ojos. Lo repudia. Por eso lo ideal es que se mantenga al margen haciendo lo que sabe hacer en la periferia del deporte. Mientras esto sea así la relación puede ser saludable. Cuando no, tenemos errores como el que lamentablemente nos ha tocado vivir. Errores que ponen de manifiesto el poder el ocio, lo profundamente humano que es y lo mezquino que resulta empeñarse en negarlo y negárselo a quien lo ha seguido y disfrutado por años. Así que, mientras tanto, el debate entre románticos y pragmáticos puede seguir. Pero se entiende mejor si ponemos atención a las palabras. El negocio niega al fútbol, pero florece en la periferia del deporte.

José Luis Higuera, me queda claro, no es de los que busca la palabra restaurante en Google y espera respuestas mágicas. Él distingue muy bien entre el negocio y el ocio. Se ha ocupado de dar forma a la estructura financiera que crecerá y será saludable en la medida en que el deporte cumpla sus metas. Tiene claro que si vamos a hablar del negocio del fútbol se hablará de cualquier cosa menos de lo que pasa en la cancha y del amor a los colores. De eso, en sentido estricto y escuchando a las palabras, solamente se habla dentro del templo del ocio que, en este caso, es el Coloso del Quinceo.

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